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sábado, 21 de julio de 2012

Historias


Las historias, a veces, también tienen su historia. La mía comenzó en el momento en que me decidí a enterrarla. No es fácil enterrar una historia cuya pequeña historia recién está empezando. Solamente la tierra del olvido sirve para hacer eso, pero las tumbas piden que las recuerden. Por eso tienen lápida y epitafio. Están ahí para que la memoria nunca quede perfectamente sepultada.
La historia de la historia es su espectro, su sombra, y yo nunca he tenido el olvido bastante para poner tres metros bajo tierra a tamaño fantasmón. Una historia con vida y voluntad propias, a la que no podía sepultar ni salvar. Una historia que había que esconder, como a un monstruo intratable. Y al final una historia tan terca que ni su propio funeral la convence. Cuando uno insiste en enterrar a un fantasma, el fantasma termina por enterrarlo a uno. Sólo que yo no estaba orgulloso del mío, y no me iba a servir de mucho esconderlo.
Difícilmente acaba uno de aceptar el fin de la desdicha, por más que lo celebre como la última orilla de una era. Algo tiene la vida miserable que nos hace añorarla y cortejarla cuando ya nos creíamos a salvo de su embrujo.


X.V.

lunes, 27 de junio de 2011

Las Facturas Hediondas

Es un hecho, sobreestimamos las recompensas. Y después, fatalmente, las subestimamos. Sólo cuando no llegan permanecen de moda, tanto así que decirse su acreedor es compensar un poco, mientras tanto; aunque no ganar tiempo, como suele creerse. No se le gana tiempo a lo podrido, si apenas se distingue de lo muerto. Esperar que venga alguien y nos recompense supone convertirnos a la fe amarga de los cobradores. No me digas que nunca te has topado, en la vida y de pronto en el espejo, a uno de esos devotos del fracaso que encuentran recompensa, compensación y revancha en el ocaso de la fortuna ajena. “Si no era para mí, ¿por qué iba a ser para ellos?”, razona el cobrador insatisfecho.
Pasar de cobrador a conquistador es tan simple y tan arduo como dejar atrás la servidumbre de la expectativa. No se puede vivir de aquello que se espera recibir sin convertirse en pordiosero del destino. Y luego, irremisiblemente, en cobrador. Cazador sucesivo y desafortunado de recompensas, compensaciones y revanchas. Y es que nadie recibe bien a un cobrador; menos cuando jamás se da por satisfecho. Pues por mucho que cobre no le será bastante para conquistar nada, y aun en la cima de la cima del mundo encontrará que toda conformidad es sospechosa de conformismo. Hambre ancestral, le llaman, pues ya su intensidad hace temer que el ansia se transmita por la vía genética. Distraído por su avidez en armas, el cobrador olvida que la peste del hambre llega lejos. Sin saberlo, está a expensas del conquistador, que ya le huele el hambre y encuentra que es rehén de sus expectativas.
Esperar: ese verbo irritante. Lo que la gente espera vale poca cosa, y menos todavía cuando se le compara con lo que persigue. No me importa qué esperes, pero igual me intereso por lo que buscas. La búsqueda es la cara opuesta de la expectativa, de modo que el botín es antípoda de la recompensa. Pues si observamos con algún cuidado encontraremos que el concepto de botín deja atrás la perversa disyuntiva entre compensación y recompensa, recompensa y revancha, revancha y compensación, ya que de hecho las abarca todas. En un golpe maestro, el botín nos compensa, venga y recompensa. Elimina la inquina, el rencor, la envidia y la soberbia, entre otros sentimientos echador a perder y susceptibles de encarnar en sarcoma.
Nadie quiere ser llamado traidor, pero menos aún llamarse traicionado. Cual si eso fuese el fin y hubiera que amargarse en adelante. Juran los amargados que la venganza es dulce, pero como se dice en estos caso, qué va a saber el burro de la miel. Endulzarse la vida buscando la desdicha de los otros, luego de años de paladear derrotas gangrenadas, es salpicarse de la misma cagada en la que se pretende ahogar al enemigo. Eso es el odio, al fin: cagada cósmica. El sedimento pútrido del bocado amargo. ¿Espera el vengador, habituado a sobrevivir con semejante dieta de mierda, que dé uno validez al dictamen de su paladar, o le envidie ese aliento a pena descompuesta?
Envidiar: ese vicio pequeño de la gente pequeña. Quien busca la conquista no nada más despierta la envidia de los otros, también sabe leerla y según ella aprende a clasificarlos. En una ecuación fácil, la gente es lo que tiene menos lo que supone que le falta. La ojeriza envidiosa proclama a gritos sus números rojos, cada uno de sus gestos debe pujar por no dejar salir al cobrador tan grande que lleva dentro, pues la fórmula dice que a mayor cobrador, menos persona, y viceversa. A la gente pequeña se le mide por el importe total de sus facturas pendientes de cobranza, multiplicado por -1.
No digo que sea la única forma de medirlo, si entrados a hacer números podríamos sumar los centímetros cúbicos de conciencia ocupados en albergar consulados y cónsules que en vez de pagar renta terminan por cobrarla. Quien pierde el sueño alimentando un rencor asqueroso contra tu Porsche nuevo esperará después compensación por eso. Cuando se entere que te lo robaron, le placerá muy hondo saber que encima de eso fue un robo a mano armada y los ladrones te pasearon medio día dentro de la cajuela. “Para que se le quite”, razona el vengador impenitente, y a esa pomada infecta que de pronto le cubre del culo al paladar tiene el descaro de llamarle dulce. En vez de clausurar el consulado, le otorga nuevo espacio y mayor importancia.
“Se jodió, jo, jo, jo”, rumian los revanchistas, igual que un Santa Claus castigador. Si su idea es que al final nadie se libre de quedar salpicado. Que sólo los amargos tengan derecho a voto a la hora de juzgar si éste o aquel pastel es agrio, dulce o empalagoso. ¿Desde cuándo han cabido las ideas grandes en las mentes estrechas? ¿Es acaso virtud del cobrador la generosidad? Hasta donde se sabe, y para acabar pronto, los cobradores sólo son generosos en el retrete: donde suponen que nadie los ve.


X.V. Puedo explicarlo todo

viernes, 17 de junio de 2011

Silencio

Silencio largo y ancho como una nube inmensa sobre un planeta ínfimo. Silencio de caricias diminutas y cosquillas que se hacen comezón. Silencio acompasado por sí mismo. Silencio entretejido, que a su vez entreteje una trama de coincidencias íntimas deseosas de pasar por siderales. Silencio desplazado desde el fondo del cráneo por algún eco líquido que me susurra there´s a kind of hush all over the world tonight. Silencio que nos damos como se dan los besos, pero no en lugar de ellos sino apenitas antes, camino adentro de una espiral de caricias que ya nos va absorbiendo la piel y los huesos. Silencio pleno de la clase de memorias que uno guarda en lugar secreto y remoto para no atormentarse con su recurrencia, y pese a todo acuden al instante, no bien el alma llena de aire los pulmones.

X.V. Puedo explicarlo todo

sábado, 11 de junio de 2011

Amor secreto


Amor insobornable, devoto e indefenso. Amor sin cuerpo, ni esperanza, ni plan. Amor a solas siempre, y en silencio. Amor que se alimenta de sí mismo y encuentra coincidencias en la primera historia de amor que se le cruza. Amor desestimado y hasta cómico para cualquier adulto que atine a descubrirlo. Amor tierno que nada entiende de ternura porque se mira grave, cuando no trágico. Amor a todas luces imposible y no obstante resuelto a respirar. Amor entre rendijas; clandestino, tenaz, escurridizo. Amor que se propone sobrevivir al tiempo y la distancia para cruzar un día, victorioso, el umbral de la mayoría de edad y demostrarse así capaz de cualquier cosa. Amor que da vergüenza y orgullo al propio tiempo. Amor si restricciones de la imaginación, dueño de alas tan anchas que apenas caben dentro de los sueños. Amor al otro lado de la barda, extranjero ante todos, minoría aplastante. Amor que se encarama en la cabeza y nos tapa los ojos con la vena tiránica de un redentor metido a lazarillo. Amor que imita todo cuanto cree que pueda parecerse al amor verdadero, pues se teme ilegítimo y se quiere infinito. Amor que nos perturba si buscamos la calma y nos calma si estamos perturbados. Amor sin nombre que de noche nos nombra y de día se esconde tras la sonrisa ingenua de quien cree haber dejado atrás la ingenuidad tan sólo porque ya aprendió a fingirla. Amor cobarde que se quiere valiente y está dispuesto a todo menos a revelarse ante quien ama. Amor que llora a solas y en secreto, que antepone el secreto a sus demás apremios y pospone la vida por continuar en secreto. Amor que abre la boca cuando se ha hecho muy tarde y sólo queda espacio para la añoranza. Amor que fue añoranza desde la hora misma de su alumbramiento, y hacia allá se dirige irremisiblemente. Amor siempre rendido, caído del cielo al limbo por obra y gracia de una deidad distante que nos lo entrega así, sin manual de instrucciones ni mucho menos póliza de garantía. Amor desobediente. Amor mandón. Amor de nadie más. Amor de mis entrañas. Amor mío.

X.V. Puedo explicarlo todo.

sábado, 4 de junio de 2011

Vicios


Mis vicios son celosos, pero amigables. Cuando el segundo se empeñó en quedarse, lo hizo en complicidad con el primero. Y así, hasta hacer pandilla. Combinados no sólo son más fuertes, también llegan más lejos. Si tratara de liberarme de uno, el otro no me lo permitiría. Se matrimonia uno con los vicios, se duerme y se despierta junto a ellos, disfruta de sus mimos sin pensar demasiado que es minoría dentro de sí mismo. Quiero decir que tengo la mejor voluntad, inclusive la más constructiva, pero estoy gobernado por los menos. Más allá del papel y los propósitos, mandan aquí los fuertes, igual que en todas partes. Supongo que no soy la clase de persona que soporta vivir entre vicios enclenques.

De repente mis vicios entran en conflicto, pero se llevan bien. Son diplomáticos, cuando menos entre ellos. Y a diferencia de las virtudes, siempre tan vanidosas y competitivas, los vicios son discretos y solidarios. Al whisky no le importa que el usuario se prenda un cigarrito, y hasta vale creer que son aliados viejos. Johnny Walker, Marlboro, Coca-Cola, Red Bull, Valium, Raipnol, Afrín, Lidrium. Se les ve a todos en el mismo club, conviviendo con la alegría fraterna que los buenos principios no conocen. Finalmente los vicios son mundanos y cosmopolitas, y los buenos propósitos algo así como niños exploradores uniformados. No dudo que mis buenos propósitos tengan grandes alcances a largo plazo, pero he aquí que mis vicios disponen de hot line y entrega inmediata. Veinticuatro horas diarias, rain-or-shine.

Mis vicios son insomnes, pero amenos. Hay una fina línea entre la amenidad y la amenaza, cada noche los tengo a ellos para saltarla. Diría que llegan solos si al menos un momento parara de llamarlos. Pero igual viven aquí, no tengo que ir muy lejos para dar con ellos, y en ellos me refugio cuando quiero que nadie consiga encontrarme. Que es casi todo el tiempo, últimamente. Pero salgo de noche, también últimamente, más como una manera de tirar los dados que por necesidad. Me quedaría, tal vez, si mis vicios pudieran dormir.


X.V. Puedo explicarlo todo.

domingo, 20 de febrero de 2011

Pobre de ti


El mismo gran final,
La misma historia despertó,
El mismo dame tiempo, no es que seas tú quizás soy yo.

Después el drama abierto,
Sobre la sangre del adiós,
Diez días de silencio en duelo por un corazón.

El mismo sollozar
Mientras se ríe de mí el reloj
Que tuve entre las manos
Ella también se me escapó.

El fin del tercer acto y a celebrar el cuarto error,
De nuevo la paciencia,
Socorrer por mí el telón.

A dónde vas a ir corazón,
Con quien te vas a equivocar,
En donde habrás de ahogar la voz,
Con quien te toca morir,
Por quien te vas a suicidar.

Pobre de ti mi corazón,
Ella tampoco fue tu paz,
Como saberlo si el latido nunca ordenó dar marcha atrás.

Pobre de ti que no te queda otro remedio que aguantar,
Pobre de mí, la que me espera si no te llegas a levantar.

Pobre de ti mi corazón,
Pero como ibas a imaginar que había un tercero en la batalla,
Y peor aun que te iba a ganar.

Pobre de ti que ya agotaste la fuerza para recomenzar,
Vuelve de nuevo hasta los brazos de nuestra amiga la soledad.


*Abel Velázquez

lunes, 24 de enero de 2011

Miedo

Deberías sentir miedo.
en cualquier momento un rayo helado podría recorrerte,
entrar por las plantas de los pies,
abrazársete a los muslos, a las caderas,
podría por dentro secarte, mantenerte congelada.
 
Deberías temer por la implosión, cada vez más probable, de tu pecho,
tendrías que estar atenta a las marcas en el cuello,
al gusto a sal de tus encías,a la escarcha en las pestañas,
deberías temer el ver caer todas tus disculpas congeladas al apenas pronunciarlas.
 
Sería bueno que rieras por días enteros ahora que aún logras hacerlo.
 
Deberías temer porque en cada incendio buscarás calor,
y por dentro seguirás cegada y fría, insensible, insaciable,
y tendrás bien claro de dónde viene el mal,
porque tú lo provocaste.

Deberías sentir miedo,
o aprender a actuar sin dejar rastros.
sobreviví porque tengo a qué aferrarme,
¿pero tú...qué harás tú cuando Dios te mande la factura?

Edel Juárez

lunes, 29 de noviembre de 2010

Un hombre común

Fui un niño como todos, con el lodo en los zapatos y la carta a Santa Claus,
Con amigo imaginario, y en los sueños un dragón,
la esperanza de mis padres, el amor de los abuelos,
Y el deseo de que la noche me llevara a un día mejor.

Crecí, como creo que crecen todos,
Con Don Gato, Picapiedras, superhéroes y futbol,
Con domingos de mercado, y juguetes de Hong Kong,
Con mi hermano y sus historias, y mi hermana en biberón,
Y un par de horas por la tarde para corretear al sol.

Tan solo un niño común,
Que se asombraba cuando empezaba a llover,
Y se levantaba poco después de caer,
Con preguntas sin respuesta y respuestas que jamás pudo entender.

Fui un joven como todos,
Con una novia primera que de pronto se marchó,
Con top saider sin calceta, pelo largo y rocanrol,
Con mil sueños sin maleta, y una orientadora necia,
Que creyó que yo podría ser un día contador.

Crecí como creo que crecen todos,
Con un libro de Mafalda y el viejo Playa Girón,
Con mil dudas sobre el sexo y revistas de Playboy,
Sin recuerdos ni pasado de un primer beso en los labios,
Y el intento malogrado de un primer verso de amor.

Tan solo un joven común,
Que se asombraba cuando empezaba a llover,
Y se levantaba poco después de caer,
Con preguntas sin respuesta y respuestas que jamás pudo entender.

Soy un hombre como todos,
Con temores y derivas sobre cada cruel error,
Con canciones muy pequeñas por mitades de una voz,
Años luz del ingeniero, el doctor o el ciudadano,
Que mi padre en sus empeños hace tanto imaginó.

Y soy como creo que somos todos,
Un enfermo sin bandera, enamorado del amor,
Una soledad dispuesta ante los brazos del perdón,
Un moribundo desolado que en un rosal se desangró,
Un papalote que en las manos de una virgen otra vez se levantó.

Tan solo un hombre común,
Que aún se asombra cuando empieza a llover,
Y que a pesar de haber caído... Ha decidido levantarse,
y al final morir en pie.

*Abel Velázquez

sábado, 13 de noviembre de 2010

Ya no me inspiras nada

Ya no me inspiras nada, perdón que te lo diga,
Aunque lleves el cabello recogido,
Y te pongas tu mejor vestido,
Ya no me inspiras nada, ni alteras mis sentidos.

Ya no me inspiras nada, perdón que lo repita,

Se muy bien que no te lo mereces,
Lo he pensado, un millón de veces,
Y el corazón concluye,
Que la piedra con el agua, se destruye,
Ya no me inspiras nada.

Ya no me inspiras nada, y es preciso decirlo,

Ni tu voz ni tu espalda, ni el color de tu falda,
Ni tu si, en mi oído.

Ya no me inspiras nada, y no soy menos hombre,

Por bajar la mirada, si te veo acompañada,
No soy yo, no soy yo quien se esconde.

Ya no me inspiras nada,

Ya no me importas nada,
Ya no me inspiras nada.

Ya no me importa nada, si me sangras los sueños,

Si encarcelas mi empeño, o si edificas mi jaula,
Ya no me importa nada, el que cantes victoria,
El que escribas la historia, de este amor, que se acaba.

Ya no me inspiras nada,

Ya no me importas nada,
Ya no me inspiras nada, nada.

Abel Velázquez "El Mago"

martes, 19 de octubre de 2010

Discurso de Eva


Hoy te saludo brutalmente: con un golpe de tos o una patada.

¿Dónde te metes, a dónde huyes con tu caja loca de corazones, con el reguero de pólvora que tienes?

¿Dónde vives: en la fosa en que caen todos los sueños o en esa telaraña donde cuelgan los huérfanos de padre?

Te extraño, ¿sabes? como a mí misma o a los milagros que no pasan.

Te extraño, ¿sabes? Quisiera persuadirte no sé de qué alegría, de qué cosa imprudente.

¿Cuándo vas a venir? Tengo una prisa por jugar a nada, por decirte: «mi vida» y que los truenos nos humillen y las naranjas palidezcan en tu mano.

Tengo unas ganas locas de mirarte al fondo y hallar velos y humo, que, al fin, parece en llama.

De verdad que te quiero, pero inocentemente, como la bruja clara donde pienso.

De verdad que no te quiero, pero inocentemente, como el ángel embaucado que soy. Te quiero, no te quiero.

Sortearemos estas palabras y una que triunfe será la mentirosa.

Amor... (¿Qué digo? estoy equivocada, aquí quise decir que ya te odio.) ¿Por qué no vienes?

¿Cómo es posible que me dejes pasar sin compromiso con el fuego?

¿Cómo es posible que seas austral y paranoico y renuncies a mí? Estarás leyendo los periódicos o cruzando por la muerte y la vida. Estarás con tus problemas de acústica y de ingle, inerte, desgraciado, entreteniéndote en una aspiración del luto.

Y yo que te deshielo, que te insulto, que te traigo un jacinto desplomado; yo que te apruebo la melancolía; yo que te convoco a las sales del cielo, yo que te zurzo: ¿qué? ¿Cuándo vas a matarme a salivazos, héroe?

¿Cuándo vas a molerme otra vez bajo la lluvia? ¿Cuándo?

¿Cuándo vas a llamarme pajarito y puta? ¿Cuándo vas a maldecirme? ¿Cuándo?

Mira que pasa el tiempo, el tiempo, y ya no se me aparecen ni los duendes, y ya no entiendo los paraguas, y cada vez soy más sincera, augusta...

Si te demoras, si se te hace un nudo y no me encuentras, vas a quedarte ciego; si no vuelves ahora: infame, imbécil, torpe, idiota, voy a llamarme nunca.

Ayer soñé que mientras nos besábamos había sonado un tiro y que ninguno de los dos soltamos la esperanza.

Este es un amor de nadie; lo encontramos perdido, náufrago, en la calle.

Entre tú y yo lo recogimos para ampararlo.

Por eso, cuando nos mordemos, de noche, tengo como un miedo de madre a quien dejaste sola.

Pero no importa, bésame, otra vez y otra vez para encontrarme.

Ajústate a mi cintura, vuelve; sé mi animal, muéveme.

Destilaré la vida que me sobra, los niños condenados.

Dormiremos como homicidas que se salvan atados por una flor incomparable.

Ya la mañana siguiente cuando cante el gallo seremos la naturaleza y me pareceré a tus hijos en la cama.

Vuelve, vuelve. Atraviésame a rayos. Hazme otra vez una llave turca.

Pondremos el tocadiscos para siempre. Ven con tu nuca de infiel, con tu pedrada.

Júrame que no estoy muerta. Te prometo, amor mío, la manzana.

Carilda Oliver Labra

sábado, 29 de septiembre de 2007

Héroe

Se descubre, por muchas razones, que uno de los motivos por el que la mujer es un ser extraño a todas luces, es porque son las únicas sobre la faz de la tierra y probablemente sobre todo el universo que todavía creen en los cuentos de hadas.

Las mujeres son seres de fe, son capaces de transformar cualquier mundo, cualquier universo conocido o por conocer... pero sobre todo, el mundo de los hombres.
Las mujeres son capaces de todos los días al despertarse ver a su lado al hombre que aman y no al hombre que en realidad somos.
Las mujeres cuando ven una pared en realidad lo que están viendo son colores y texturas, los hombres cuando ven una pared ven ladrillo sobre ladrillo.
Las mujeres son capaces de mirar el universo a su favor para hacer que incluso el olvido sea una circunstancia difícil en el mundo de los desmemoriados.

Todo esto ocurre porque la fe es alimentada desde que ellas son niñas por elementos de corte extravagante:
Una vecina incómoda, una hermana mayor rebelde, una profesora hippie, una tía solterona o la mamá, (a esa la tienen que ver) y le dice “hija mía, tu no te preocupes... tu estás bendita, y tarde o temprano hasta el umbral de tu ventana llegará y se postrará de rodillas ante ti un príncipe azul”... ¿azul? Difícil imaginar un príncipe azul...

Los príncipes azules son, a saber por descripción estadística de las mujeres: Pelados entre 1.85 y 1.95 de estatura, de ojos azules o verdes, cabello castaño claro, claro castaño y si se lo pintan que sea de rubio natural (si se lo pintan como va a ser natural?).
Los príncipes azules son aquellas personas de una educación impecable, de unos modales intachables y de una cultura amplia.
Los príncipes azules también, por supuesto, deben ser espigados y delgados... si se pudiese usar pantalones de cintura 30 y de largo 38 (de pantalón).

Los príncipes azules también deben ser personas en extremo deportivas, dinámicas, pero por favor, no futbolistas... el príncipe azul desprecia el fútbol porque lo considera una manifestación bárbara de la estupidez humana y no concibe como 22 imbéciles pueden perseguir una pelotita y a parte alguien les puede pagar millones de dólares por tal hecho... el príncipe azul debe hacer cosas como esgrima... polo, deportes de verdad. (¿Esgrima?)
Y el príncipe azul, por último, es alguien que se puede llevar perfectamente bien con su suegra.

Como comprenderán, pues un hombre así de perfecto no existe. Si existiera se amaría a si mismo... ¿para que quiere a las mujeres?

Conclusiones:
1.- Los príncipes azules no existen.
2.- Si existieran, pues yo no soy uno de esos.

Sinceramente me acongojaba, porque en verdad es muy difícil estar enamorado de una mujer que cree en los cuentos de hadas:
Es muy difícil estar enamorado de una mujer que aspira y merece a un hombre perfecto.
Es muy difícil estar enamorado de una mujer que con una mirada cambia cualquier aspecto.
Es muy difícil estar enamorado de una luna lejana, de una estrella, cuando te sabes con los pies puestos sobre la tierra.
Es muy difícil todos los días levantar los ojos para verla y saber que te va a deslumbrar.
Es muy difícil mentirle con canciones incluso, que cuando yo veo ladrillos trato con todas mis fuerzas por ver sus colores... la fe que no tengo y que ella me regala es lo que me da fuerzas para presumirme loco a pesar de estar cuerdo, para saberme acompañado aún cuando estoy solo, y para sentirme profundamente enamorado y con ganas de vivir muchísimos, muchísimos años.

Solamente para que lo tengan claro, hoy más que nunca, debemos tener el pleno conocimiento y convencimiento de que los hombres somos una especie que desciende directamente del mono, las mujeres de las estrellas... y la mía, más.


Texto original de Abel Velázquez 'El Mago', imágen por http://www.arte-redes.com/nocturama